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diario de las arribes

Cerca de 1.000 personas 'se rehacen y columpian en el aire' de los abismos de Mieza

Fuente: Salamanca24horas

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Las maravillas que atesoran las laderas, que por aquí llaman reventones, de Mieza fueron motivo y excusa para que cerca de mil personas se concentraran en este bello municipio de La Ribera para participar en la XV Ruta de Senderismo ’Las Arribes del Duero’.
Y parece que fue ayer cuando se celebró la primera, me comentaba el alcalde, Lorenzo García Paco, ya que uno cuenta con el haber de ser testigo fiel de aquella primera marcha allá por el año 1995 que, de algo más de un centenar de asistentes, se ha llegado a la cifra actual y, de paso, ha servido, como pensábamos todos en aquellos tiempos, para promocionar una tierra que vivía olvidada en un rincón del mundo, a pesar de todos los tesoros naturales, etnográficos y culturales que aglutinaba.
Sea como fuere, lo cierto es que en la jornada de hoy, con los cerezos en flor y el sol que caía de ‘justicia’, los caminantes han podido, como el alma, rehacerse y columpiarse en el aire suspendidos, porque el abismo por donde caminaban carece de la medida y la mirada que se hace vértigo desde las alturas. No sin cierta dificultad, por el jardín de flores que canta el himno de Mieza, los caminantes recorrían mil senderos e impregnaban sus huellas en las entrañas del camino: “cada pie que pasó por el sendero dejó escrito en la piedra un telegrama”, decía Pablo Neruda.
Un recorrido de una gran belleza por donde antaño subía hasta La Code Miguel de Unamuno a lomos de una mula. Serpenteantes senderos de herradura, pendientes, sinuosos y difíciles en muchos tramos, olivos de muchas centenas de años, bancales escalonados que lloran su abandono cuando se miran al espejo de Portugal -cuyas campanas de la población más cercana llaman a misa mayor-, perales y manzanos, naranjos y chumberas, almendros y cerezos floridos, peñascos empinados que sobresalen en el abismo, cabañas de pastores que antaño fueron y ahora no son.
Y cómo no, en el cielo otean dos alimoches -o quebrantahuesos, como dicen por aquí- acompañados por un buitre, pero la suave brisa que sube del lago del Duero traen el trinar de unos pájaros. Avanza la marcha y el canto del cuco inunda el cañón. Es mediodía. Aún queda un tramo de subida. El humo de los asados se divisa en las alturas y llega, al compás del viento, el ritmo torero de una charanguita. El universo de paz y sosiego queda sumido en la sima del río.
En el merendero anexo a ‘El Colagón del Tío Paco’ -otro mirador de vértigo en el que la distancia se confunde con las alturas del horizonte fluvial- se ofrece a los caminantes viandas asadas a la brasa de leña de productos del cerdo. Vino Arribes y naranjas del Duero. Y, cómo no, la mesa poblada de ‘señores’ que ni caminan ni andan, sólo al compás de la mandíbula y el ‘honor’ de que no guardan cola. Suyo es el poder y suya la gloria, por siempre jamás. Amén.

Las maravillas que atesoran las laderas, que por aquí llaman reventones, de Mieza fueron motivo y excusa para que cerca de mil personas se concentraran en este bello municipio de La Ribera para participar en la XV Ruta de Senderismo ’Las Arribes del Duero’.

Y parece que fue ayer cuando se celebró la primera, me comentaba el alcalde, Lorenzo García Paco, ya que uno cuenta con el haber de ser testigo fiel de aquella primera marcha allá por el año 1995 que, de algo más de un centenar de asistentes, se ha llegado a la cifra actual y, de paso, ha servido, como pensábamos todos en aquellos tiempos, para promocionar una tierra que vivía olvidada en un rincón del mundo, a pesar de todos los tesoros naturales, etnográficos y culturales que aglutinaba.

Sea como fuere, lo cierto es que en la jornada de hoy, con los cerezos en flor y el sol que caía de ‘justicia’, los caminantes han podido, como el alma, rehacerse y columpiarse en el aire suspendidos, porque el abismo por donde caminaban carece de la medida y la mirada que se hace vértigo desde las alturas. No sin cierta dificultad, por el jardín de flores que canta el himno de Mieza, los caminantes recorrían mil senderos e impregnaban sus huellas en las entrañas del camino: “cada pie que pasó por el sendero dejó escrito en la piedra un telegrama”, decía Pablo Neruda.

Un recorrido de una gran belleza por donde antaño subía hasta La Code Miguel de Unamuno a lomos de una mula. Serpenteantes senderos de herradura, pendientes, sinuosos y difíciles en muchos tramos, olivos de muchas centenas de años, bancales escalonados que lloran su abandono cuando se miran al espejo de Portugal -cuyas campanas de la población más cercana llaman a misa mayor-, perales y manzanos, naranjos y chumberas, almendros y cerezos floridos, peñascos empinados que sobresalen en el abismo, cabañas de pastores que antaño fueron y ahora no son.

Y cómo no, en el cielo otean dos alimoches -o quebrantahuesos, como dicen por aquí- acompañados por un buitre, pero la suave brisa que sube del lago del Duero traen el trinar de unos pájaros. Avanza la marcha y el canto del cuco inunda el cañón. Es mediodía. Aún queda un tramo de subida. El humo de los asados se divisa en las alturas y llega, al compás del viento, el ritmo torero de una charanguita. El universo de paz y sosiego queda sumido en la sima del río.

En el merendero anexo a ‘El Colagón del Tío Paco’ -otro mirador de vértigo en el que la distancia se confunde con las alturas del horizonte fluvial- se ofrece a los caminantes viandas asadas a la brasa de leña de productos del cerdo. Vino Arribes y naranjas del Duero. Y, cómo no, la mesa poblada de ‘señores’ que ni caminan ni andan, sólo al compás de la mandíbula y el ‘honor’ de que no guardan cola. Suyo es el poder y suya la gloria, por siempre jamás. Amén.

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