A pesar de la lluvia, se celebró exitosamente el Día del almendro en La Fregeneda. El pregón de este año corrió a cargo del director del Instituto de las Identidades de la Diputación de Salamanca, Juan Francisco Blanco, reproducimos íntegramente el pregón, y aprovechamos para agradecer a D. Juan Francisco Blanco su cesión:
Por su interés, publicamos íntegro el pregón de Juan Francisco Blanco:
“No hay tiempo más luminoso que aquel que el hombre enciende en la esperanza.
Existen, sin duda, pregoneros mucho más brillantes que harían punto de cruz con la palabra, otros que podrían traeros esta mañana, sin esfuerzo, arengas vigorosas; algunos, incluso, que podrían diluirse ante vosotros por senderos de ensueño y de nostalgia. Tenéis, en cambio, aquí sólo un hombre sincero y de buena voluntad, que ha llegado, por la fortuna de una invitación generosa, en medio del vendaval de un tiempo hostil, de un tiempo donde campa el artificio, de un tiempo de inquietudes y estremecimientos.
Y he llegado hasta aquí, hasta La Fregeneda, estandarte y emblema hoy de La Arribes, con la emoción de reencontrarme con el territorio amado. He llegado hasta este centro del universo, hasta este ombligo cósmico, con los aleteos de la flor del almendro, que revienta de su crisálida invernal para echarse a volar en millones de pétalos que entonan un himno, el canto de esperanza que el hombre necesita escuchar para creer que la vida, su vida, se renueva.
Vosotros, gentes de La Fregeneda, que fuisteis capaces de engendrar, hace ya 48 años, esta Fiesta del Almendro, sabéis mejor yo, que intento sólo descifrarla, que la fiesta une a los hombres desde antiguo, que la fiesta es el lugar de encuentro de los valores más lígrimos de la salmantinidad: la hospitalidad, la generosidad, la solidaridad… Vosotros sabéis bien que la fiesta es un espejo cuyo frente sólo refleja lo mejor del hombre, dejando para su envés la opacidad del azogue humano, porque vuestra sabiduría discurre pareja a la del patriarca Duero, arruga de sierpe hendida en la meseta, más sabio quizá por ser más viejo, y que es brazo de mar que trae hasta nosotros los aires atlánticos y es también cómplice desde sus riberas de olivos y almendros de una palabra poética intensa, con acento portugués y español. Porque ésta es tierra fértil para la poesía, como demostraron Miguel de Unamuno y Abilio Guerra Junqueiro, como demuestran desde hace 45 años los poemas al almendro que vienen a anidar a vuestras ramas.
Amigos todos: Aquí, de pie ante vosotros, en esta mañana de esplendores, desde mi condición de pregonero que hace profesión de fe en el hombre en el buen sentido de la palabra bueno, invoco la memoria y la voz de los antepasados (de los vuestros y de los míos, de todos los rayanos, de los españoles y de los portugueses, de los ribereños del Duero y del Águeda, de todos los que nos precedieron y nos condujeron hasta aquí). Invoco la palabra de los antepasados, que guardaba siempre el fulgor de la verdad. Aquella palabra que era en verdad PALABRA y por su condición esencial, sagrada. Invoco ahora, de vuestra mano, aquella palabra, por si somos capaces aún, entre todos, de restañar la herida que los tiempos modernos le han causado, por si estamos aún a tiempo de cauterizarla y detener de una vez la hemorragia que ha ido vaciando de latidos su verdad universal, la verdad que la palabra poseía en otro tiempo.
Vosotros, con vuestra invitación a este pregón, con los poemas que vuelan hasta aquí cada año, hacéis que la palabra sea verdad esencial, como la palabra de los antepasados.
De esa palabra de los antepasados viene hasta mí ahora aquella expresión encendida: “A lo más oscuro, amanece Dios”. Desde las profundas y oscuras soledades del invierno surge siempre un hilo de vida, que discurre desde la raíz a las ramas de ese árbol, que es tótem y emblema protector de la estirpe arribeña. Amanece un año nuevo con la luz del almendro, con la flor que enciende la esperanza desde esta fiesta.
Quisiera que mi presencia verbal entre vosotros dejara el mismo rastro luminoso, incandescente que esta mañana de la Fiesta del Almendro. Quisiera encender para vosotros hoy un tiempo nuevo que alumbrara sólo la buena voluntad de los hombres de buena voluntad, un tiempo nuevo para que el hombre vuelva a sentir más cerca al hombre, para que la palabra recupere su esplendor, para que el manto pardo de los inviernos interiores vuelva a soñar la luz nueva, como sueña esta tierra de promisión, cada año, la flor del almendro hasta hacer el sueño realidad.
Que la fiesta brinque en vuestros corazones para hacerlos más cercanos a otros corazones, que la palabra vuelva a revivir como el almendro, que nadie salga de aquí sin haberse encendido, antes, entre todos nosotros.
Querido Bernardo, corporación municipal y vecinos de La Fregeneda, autoridades portuguesas y españolas, amigos todos: El tiempo es una invención del espíritu.
Inventamos el tiempo para aquello que realmente queremos y en lo que creemos. Sin embargo, la abulia del hombre ha terminado por destruir la imprescindible utilidad del tiempo para lo importante, que son los afectos y las relaciones de proximidad entre los hombres, y ha pervertido ese tiempo empleándolo torpemente en tapar agujeros de urgencias insensatas.
Amigos en la Fregeneda (y éste es un don excepcional de amistad): Yo os doy mi palabra, que es la palabra de los antepasados, que desde el día de hoy haré profesión de fe cada mañana en vosotros, los más dignos representantes de la estirpe del hombre. Prometo inventar el tiempo preciso para hacer de este lugar, junto a vosotros, el punto de partida de todos los caminos posibles de esperanza. Declaro mi voluntad de hacer de La Fregeneda, el paraíso cercano que espero merecer y compartir con vosotros”.
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